Registro II: Las cosas que nunca botamos
Por Benny Durán Novoa. Región de Coquimbo.
Indudablemente, en casi todas las casas existe una caja. Puede estar en un clóset, en algún cajón o bajo alguna cama, como si estuviera resguardada de cualquier ojo ajeno.
La abrimos muy de vez en cuando, buscando quizá algo específico; otras, sin ninguna razón clara. Es allí donde aparece una llave cuya cerradura ya no existe, alguna carta amarillenta, el boleto de un concierto o de una película, una fotografía. Objetos que, en un momento determinado, dejaron de ser útiles y que, sin embargo, continúan ocupando un lugar.
Lo más desconcertante no es que exista esa caja, sino la naturalidad con la que convivimos con ella. Nunca planificamos guardar esos objetos y, sin embargo, permanecen. Aceptamos su existencia sin cuestionamientos, aun cuando nadie nos haya enseñado a conservarlos. Aparecen una y otra vez en casi todos los hogares, como si se tratara de un acuerdo silencioso, una forma inconsciente de entender que hay cosas cuyo valor ya no depende de su utilidad.
Quizá lo que realmente guardamos no son objetos, sino fragmentos de una vida que ya no existe. La llave permanece, aunque la puerta haya desaparecido; la carta sobrevive, aunque quien la escribió ya no esté. Nunca confiamos nuestros recuerdos únicamente a la memoria: desde siempre hemos necesitado depositar una parte de ellos en las cosas, como si el olvido tuviera menos fuerza cuando un objeto recuerda por nosotros.
Lo que hacemos en una caja bajo la cama, las culturas lo hacen a una escala mayor. No es casualidad que todas hayan creado formas de conservar aquello que consideran significativo. Los museos, los álbumes familiares, las reliquias, los monumentos e incluso los pequeños altares que muchas personas levantan en sus hogares nacen de un mismo impulso: el deseo profundamente humano de resistirse al olvido. Somos, quizá, la única especie que convierte objetos comunes en testigos de su propia existencia.
El valor de estos objetos nunca estuvo realmente en ellos. Somos nosotros quienes los transformamos. Hay objetos que parecen desobedecer las leyes de la materia: permanecen donde los dejamos hace años, pero ya no pesan por el metal, el papel o la madera. Pesan por aquello que un día decidimos confiarles.
Un boleto deja de ser un pedazo de papel cuando se convierte en el recuerdo del primer concierto. Una taza deja de ser cerámica cuando fue la última que utilizó alguien que ya no está. Así, un objeto común adquiere el peso de una historia porque, sin darnos cuenta, depositamos parte de nuestra identidad en él.
La próxima vez que abra esa caja, lo más seguro es que no encuentre nada de gran valor material. Encontraré, más bien, pequeñas evidencias de las distintas personas que he sido; la verdadera razón por la que algunas cosas nunca se botan. No porque aún las necesitemos, sino porque, mientras permanezcan allí, todavía pueden dar testimonio de quienes fuimos.

