-Se trata de la obra “Construimos Silencio, retazos de una ruina ancestral” de Elías Irazoqui Becerra.
Por Gonzalo Villar Bordones
VIÑA DEL MAR.- Volcar el espíritu en el papel. Hablar de la ausencia. Extrañar la mitad del alma. Nombrar a los nietos. Tomar partido por la belleza, una especialmente prístina, ajena a nuestro siglo.
Una belleza de la que discrepamos, pero que aplaudimos desde la diferencia.
Irónicamente, contradecirse después, saludable ejercicio de libertad, con un aviso deslumbrante que busca políticos silenciosos, corruptos que en el fondo son honestos y gente que no piense, ni coma, ni respire.
Preguntarse por Dios y elevar palabras para que se disuelvan en la luz del sol o, mediante la lectura, impregnen las conciencias del Gran Arquitecto, aquellos espíritus que participan de Él y en que palpita la eternidad del Amor.
Seguir un hilo de WhatsApp, invirtiendo toda la fuerza de tu ser, mientras al otro lado de la pantalla hay solamente una mirada fugaz, la casa llena de enfermos, una vida que apenas nos roza.
Y a pesar de todo, seguir cantando, pues mientras haya música tendremos vida.
Construimos Silencio, retazos de una ruina ancestral, parece ser el adelanto de una obra mayor, como la primera edición de Hojas de hierba, que augura en sus flores un árbol repleto de granadas que nos alimentarán en las tardes de lluvia o en nuestras visitas al infierno.
Eías Irazoqui Becerra, doctor en didáctica, criado en los faldeos del Llaima, en su tercer libro de poesía ha persistido en desbastar el silencio, instalando su voz en un rincón del infinito.
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