septiembre 23, 2026

“HISTORIA DE UNA CASA”: UNA MEMORIA COMO RELATO VIVO EN LA SERENA

-Se trata de una obra que vierte emotivos recuerdos del edificio del Club Coquimbo.

Por Nelson Santibáñez Rodríguez

LA SERENA.- En “Historia de una casa”, Eduardo Rojo Muñoz –destacado ex directivo y académico de literatura de la Universidad de La Serena− emprende una tarea más ambiciosa que la simple reconstrucción del pasado de la logia “Luz y Esperanza” N° 11 y de su cara visible, el “Club Coquimbo”. El autor, con una prosa limpia y efectiva, convierte la trayectoria de estas instituciones en una narración sobre la memoria y la persistencia de ciertos ideales en la región de Coquimbo.

El volumen se edita de forma especial en el contexto de la conmemoración de los 150 del mencionado club y, según explica el prólogo de Carlos Esperguen Sepúlveda, nació a partir de tres textos escritos cuando Rojo se desempeñaba como orador de la logia. Además, en esta ocasión, se agregaron tres relatos posteriores.  Esta acumulación modifica positivamente el proyecto inicial, pues lo que comenzó como la historia de una sede masónica terminó convirtiéndose en una crónica de la presencia cultural de “Luz y Esperanza” en la región.

La principal decisión literaria de Rojo consiste en narrar la historia desde escenas concretas a partir del tópico ubi sunt. En lugar de presentar una sucesión de fechas y nombres, imagina y propone conversaciones, desplazamientos, comidas y gestos cotidianos. Los fundadores y la sucesión de quienes los siguieron aparecen como viajeros que sufren con el polvo del camino, el frío de Caldera y las incertidumbres derivadas de buena parte de los grandes eventos de los siglos XX y XXI. Gracias a este procedimiento, la historia narrada gana −en palabras de Wittgenstein− un cierto “parecido de familia”, se asienta y se vuelve verosímil.

Ese recurso se aprecia especialmente en el primer relato, “El viaje de la Esperanza y el nacimiento de la Luz”, que se abre en el presente y pasa, en una analepsis casi imperceptiblemente, al año 1874 mediante el sonido de un timbre que se transforma en la campanilla de un zaguán. Esa transición muestra una de las ideas que sostienen todo el libro: el pasado continúa resonando en los espacios habitados por las generaciones actuales. Así, la reconstrucción del trayecto de los masones procedentes de Copiapó −que incorpora en la narración a los caminos, posadas, alimentos regionales y diversos medios de transporte− hace que la historia institucional se enlace con la geografía del Norte Infinito y con las formas materiales de la vida decimonónica.

Luego, en “Una casa para Luz y Esperanza” se desplaza el centro del relato hacia la adquisición del inmueble esquina de las calles Las Carreras y San Francisco. La operación inmobiliaria, realizada civilmente por medio del Club Coquimbo, podría haber sido narrada como un simple trámite administrativo. Rojo la convierte, en cambio, en la historia de un esfuerzo comunitario marcado por préstamos, deudas, aportes personales y trabajos de reparación. Entre los personajes de esta sección sobresale Manuel Tinajero, antiguo jardinero de la propiedad (cuyo apellido hace imposible no recordar a Cesárea Tinajero, la mítica poeta perdida en “Los detectives salvajes” de Bolaño), quien termina convertido en cuidador de la casa. Su presencia introduce una mirada afectiva, pues para él la casa es un locus amoenus cargado de recuerdos, árboles y vínculos familiares. En sus últimos momentos, ya en la comarca de la memoria, los damascos de la antigua huerta aparecen como un símbolo de pertenencia. Así, el inmueble junto con ser la propiedad de una corporación, también pertenece a quienes la cuidaron y fueron acogidos por ella.

La sección más intensa del conjunto es, probablemente, “Historia de un Templo”. Su primera parte reconstruye la experiencia del golpe de Estado de 1973 desde la mirada de un joven universitario. Las micros dañadas, las radios que transmiten marchas, el cierre de la universidad local y la incertidumbre de estudiantes y profesores −esto último quizá rescoldo de la vida académica del autor−, componen la atmósfera propia de la ruptura histórica. Pero más allá de la anécdota, el relato aborda una tensión esencialmente delicada: la convivencia dentro de la masonería de personas con posiciones políticas enfrentadas durante la dictadura. La fraternidad aparece sometida a prueba cuando algunos miembros son perseguidos y otros se encuentran vinculados al poder militar. Rojo no oculta esa contradicción en la medida que muestra tanto los límites como las posibilidades de los vínculos fraternales. El resultado, cuestión que agradecemos especialmente, es el testimonio de una comunidad encarnada y atravesada por los conflictos del país y no una mera visión idealizada.

En el segmento “Estallido, pandemias e historia” se acentúa anafóricamente el ubi sunt, sin renunciar al procedimiento de enlazar la historia general y la memoria local. La gripe rusa, la influenza de 1918 y la pandemia de COVID-19 son abordadas desde sus repercusiones en la vida local. De modo que la reciente pandemia aparece perfilada, a contra mano del concepto habitual, como un acontecimiento más que forma parte de una historia más extensa de la vulnerabilidad humana.

 En “Celebrando la esperanza”, las festividades de los 50, 100 y 150 años de la institución cobran vida gracias a las conversaciones entre el Venerable Maestro y su secretario. Ese intercambio, a ratos humorístico, hila escenas conmovedoras; por ejemplo, la visita a la tumba del fundador José Corominas y las anécdotas que los mayores cuentan ante otras sepulturas. Al imaginar que en 2074 los invitados llegarán en taxi aéreo o enviarán saludos mediante hologramas, el relato tiende a proyectar hacia el futuro el mismo afecto con que recuerda el pasado.

En “La esperanza de un nuevo espacio”, Rojo Muñoz refleja el lado humano de la construcción del templo en las dudas de quienes debían pagarla. Un hermano que necesita consultar a su esposa antes de comprometerse, otro que ofrece un pequeño terreno y uno más que entrega discretamente una vaquilla porque carece de dinero. Son detalles que vuelven cercana una empresa que, vista desde lejos, podría parecer obra de unos pocos dirigentes. Aquí, permanece en la memoria la imagen de los masones reunidos entre paredes y vigas, cuando el templo aún estaba a medio terminar. La dimensión de esperanza del título toma así una forma concreta: el trabajar juntos, incluso antes de tener un espacio acabado que les cobije.

Desde el punto de vista genérico, “Historia de una casa” se sitúa en una zona intermedia entre la crónica histórica, la ficción documental, la memoria personal y el discurso conmemorativo. Su estilo conserva el aire de la oralidad de las piezas preparadas para ser leídas en público. De allí provienen la abundancia de diálogos, el humor ocasional, las apelaciones y los cambios dados entre narración y evocación. Esa procedencia explica también algunas reiteraciones y variaciones de tono, pues no estamos ante una suerte de novela breve, concebida como una unidad cerrada, sino ante un “archivo narrativo” que fue creciendo con los años.

El mayor mérito de Eduardo Rojo Muñoz, a nuestro juicio, reside en haber comprendido que las instituciones necesitan también narrarse. Los documentos administrativos conservan acuerdos y fechas, pero raramente transmiten el temor ante una deuda o la alegría de inaugurar un recinto. “Historia de una casa” procura restituir ese imprescindible sustrato de humanidad que sostiene a la historia de las corporaciones. Por eso, la casa del título termina funcionando como una imagen de la memoria colectiva. Sus muros guardan las huellas de quienes la construyeron y habitaron. El libro habla desde el interior de la masonería, pero su interés alcanza a cualquiera que se interese por la historia de La Serena y Coquimbo pues, más que levantar un monumento inmóvil al pasado, Rojo abre sus puertas y permite escuchar el eco de las voces que todavía la habitan.

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