La obra de Pedro Leyton Rodríguez recorre los amores, las pérdidas y los aprendizajes de un hombre que, al volver sobre sus cartas muchos años después, descubre que también estaba escribiendo la historia de quien había sido.
Hay cartas que cumplen su destino cuando llegan a manos de la persona para quien fueron escritas. Otras permanecen durante años en un cajón, entre las páginas de un libro o en algún territorio impreciso de la memoria, hasta que el tiempo modifica su significado y las convierte en algo distinto. Ya no son solamente palabras dirigidas a alguien: son testimonios de una época, de una sensibilidad y, sobre todo, del ser humano que alguna vez necesitó escribirlas.
En ese territorio se instala Las cartas de amor de Fernando Marfull, obra de Pedro Leyton Rodríguez, un libro que utiliza la correspondencia amorosa para recorrer la biografía sentimental de su protagonista. Fernando ama, recuerda, se equivoca, pierde, vuelve sobre sus pasos y, con el transcurso de las páginas, comienza a comprender que algunas de las certezas con que vivió sus relaciones eran bastante menos firmes de lo que había imaginado.
El viaje comienza muy temprano. Fernando tiene apenas catorce años y medio cuando llega desde Chile a Varese, Italia. Es todavía un muchacho enfrentado a una geografía desconocida, pero aquella ciudad europea comienza silenciosamente su educación sentimental. Observa plazas, fuentes, despedidas, parejas que se encuentran y personas que parecen decirse cosas sin necesidad de hablar. Antes de conocer verdaderamente el amor, empieza a reconocer sus señales en los demás.
Desde allí se abre un extenso itinerario en el que Josefina, Consuelo, María Luz, Isabella, Anna, Ornella y otras mujeres van dejando huellas distintas en la vida de Fernando. Sin embargo, reducir el libro a la sucesión de sus relaciones sería perder aquello que le concede mayor profundidad: el protagonista también cambia con cada una de ellas.
Los propios títulos que organizan la obra permiten advertir esa evolución. El arma de mis silencios, Lo que creí que era amor, Los hombres que fui contigo, Decisiones mal tomadas, El fuego que no encontró reposo, Lo que no supimos sostener, No coincidimos, Donde empiezo a ser otro y La forma en que todo termina van construyendo una trayectoria que conduce desde la intensidad inicial hasta una mirada mucho más compleja sobre aquello que significa amar.
Fernando descubre, entre otras cosas, que no todo amor intenso está destinado a permanecer. Aprende que recordar a alguien no significa necesariamente querer recuperarlo y que la pasión puede convivir con el error. En uno de los momentos más reveladores reconoce, mirando hacia atrás, que quizá cierta mujer nunca fue extraordinaria y que lo extraordinario había sido la calma, una forma de felicidad que entonces él todavía no sabía habitar.
Allí el libro comienza a alejarse de la simple evocación romántica.
Las mujeres no permanecen como figuras silenciosas alrededor de Fernando. Algunas de sus voces cuestionan su manera de comprender el amor y obligan al protagonista a enfrentarse con sus propias contradicciones. Una de ellas le hace ver que convertir al otro en condición indispensable de la propia felicidad puede ser dependencia revestida de poesía; también le recuerda que el amor necesita un espacio donde ambas voluntades puedan existir, porque amar no equivale a conquistar.
De este modo, las cartas dejan de ser únicamente declaraciones amorosas y comienzan a funcionar como espejos. Fernando escribe sobre las mujeres que conoció, pero cada carta termina revelando también al hombre que era en ese momento de su vida. Quizás allí se encuentre una de las ideas más atractivas de la obra: creemos escribir sobre quienes amamos y, sin advertirlo, dejamos escrita nuestra propia biografía.
También los paisajes tienen memoria.
Varese, la Patagonia chilena y la Sierra Morena ecuatoriana forman los grandes territorios de la obra. El epílogo los reúne como una verdadera «geografía emocional»: no son simples escenarios, sino lugares asociados a distintas edades de la vida, donde la distancia, la contemplación y la escritura permiten recuperar experiencias que parecían perdidas.
La Patagonia ocupa dentro de ese recorrido una resonancia particular. Frente a las geografías europeas y ecuatorianas, el sur chileno introduce otro modo de relacionarse con la distancia, el silencio y la memoria. El paisaje deja de acompañar al personaje para intervenir en la manera en que recuerda. Los lugares, como las personas, terminan guardando versiones antiguas de nosotros mismos.
Por eso Las cartas de amor de Fernando Marfull puede leerse también como una exploración del tiempo. No sólo del tiempo cronológico que separa juventud y madurez, sino de aquel otro tiempo íntimo que permite mirar desde el presente aquello que alguna vez pareció definitivo.
Fernando no escribe siempre desde el mismo lugar interior. El hombre que recuerda posee una información que el joven enamorado no tenía: sabe qué relaciones terminaron, cuáles fueron imposibles, dónde se equivocó y qué cosas confundió con amor. Pero tampoco puede corregir retrospectivamente al muchacho que fue. Sólo puede escucharlo.
Y quizá allí reside la melancolía más profunda de estas páginas.
Todos conservamos personas que conocieron versiones nuestras que ya no existen. Alguien recuerda cómo reíamos a los veinte años. Alguien escuchó promesas que hoy formularíamos de otra manera. Alguien recibió palabras nacidas de un hombre o una mujer que el tiempo terminó transformando.
Las cartas poseen esa particularidad: dejan atrapado al remitente en el instante exacto en que escribió.
Muchos años después podemos volver a ellas y reconocer nuestra letra, nuestras palabras y hasta nuestros sentimientos, pero quien escribió aquella página ya no existe completamente.
Fernando Marfull termina encontrándose con esos hombres anteriores.
Y al reunirlos descubre que su historia amorosa no está formada únicamente por las mujeres que pasaron por su vida, sino también por los hombres que él fue junto a ellas.
El cierre de la obra vuelve precisamente sobre esa persistencia. Cuando las cartas terminan y las palabras comienzan a retirarse hacia el silencio, permanecen los sentimientos que las hicieron posibles, alojados en la memoria y esperando quizá una nueva oportunidad para convertirse en palabra.
Las cartas de amor de Fernando Marfull propone así algo más amplio que la recuperación de una correspondencia sentimental. Es una invitación a mirar hacia nuestra propia historia y preguntarnos qué ocurrió con aquellos seres que amamos y, especialmente, qué ocurrió con nosotros después de amarlos.
Porque tal vez una carta de amor nunca pertenezca enteramente a quien la recibe.
Con los años termina perteneciendo también al hombre que la escribió, al tiempo que la conservó y, finalmente, al lector que encuentra en ella algo inesperadamente parecido a su propia vida.
Libro del escritor Pedro Leyton
Análisis literario de Oscar Aleuy, Editor del libro.
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Un escritor profundo y de una sensibilidad exquisita, nos transporta a través de sus escritos a hermosos escenarios de amor. Sigo sus escritos desde hace tiempo y siempre nos sorprende. También soy asidua visitante de esta página cultural, felicitaciones por los excelentes artículos.