septiembre 3, 2026

MOTOQUEROS SIN RUMBO, NUEVA NOVELA DEL ESCRITOR BENEDICTO CERDÁ

-Obra del socio de la Corporación Cultural Letras Laicas está definida como la novela de carretera más adictiva, irreverente y luminosamente chilena.

Hay novelas que se leen. Esta se conduce.

Eugenio —«Checho» para los que lo quieren fregar— ha sido mesero, chofer de Uber, paramédico, sepulturero, carnicero, cantante ilegal en las micros y, en su último empleo, el mejor vendedor de ataúdes del rubro. Un currículum forjado a puro golpe de calle. Hasta que un día lo deja todo, se sube a su moto y enfila hacia el norte con la única certeza que le queda: que detenerse duele más que seguir.

Así arranca Motoqueros sin rumbo, la novela de carretera más adictiva, irreverente y luminosamente chilena que vas a leer este año. Desde el Faro de La Serena a las dos de la mañana hasta las estaciones de servicio fantasma de la autopista internacional, Cerdà te sienta en la parte de atrás de la máquina y no te suelta hasta el desierto.

Y en el camino, los personajes. Ay, los personajes. Mary, que acuna a un hijo que solo existe en su cabeza. Pato, el pintor fracasado que pedalea una bicicleta de mujer adornada con hélices y usa una bacinica de casco, convencido de que el artista nace y no se hace. Francesca, que ríe a carcajadas. Emeterio, el poeta que no debió volver. Y, latiendo bajo todo el libro como un motor mal apagado, una pregunta: ¿por qué Mark Aberdeen 1670? Una herencia, un padre muerto y un secreto que viene de mucho más lejos de lo que Checho imagina.

Cerdà escribe como maneja: rápido, sin frenos y mirando de reojo el precipicio. Su prosa mezcla la carcajada con el bajón existencial, la filosofía barata de bencinera con Bukowski, Joyce, Shakespeare y una guitarra de Led Zeppelin sonando de fondo. Un párrafo te hace reír a gritos; el siguiente te deja mirando el techo a las tres de la mañana. Es la voz de alguien que conoce los márgenes por dentro y se niega a mirarlos con lástima: aquí los perdedores tienen dignidad, los locos tienen razón y la carretera no es un escenario, es una forma de estar vivo.

¿El final? No lo vamos a arruinar. Solo diremos que involucra motoqueros que se esfuman, luces en el cielo del desierto y una última canción. Y que cerrarás el libro con esa sensación rarísima —incómoda, deliciosa— de haber viajado a un lugar del que no querías volver.

Para los que alguna vez soñaron con mandar todo a la punta del cerro y partir. Para los fans de Kerouac y de Bukowski que además quieren reírse en chileno. Para el que sabe que los mejores viajes son los que no tienen mapa. Si eso te suena, este libro ya es tuyo.

Motoqueros sin rumbo no promete respuestas. Promete algo mejor: diecisiete capítulos de puro movimiento, humor negro, ternura salvaje y libertad a todo motor. La clase de libro que se lee de una sentada y se recuerda por años.

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